EL VIEJO VERDE QUE ME HACE SUDAR

Crossdressing Girls: nº1 en su clase y sin ánimo de lucro.


Lo vi babeando detrás del seto de mi piscina. Yo estaba bañandome con tan solo la parte de arriba. Era el vejete marrano que me merodeaba. Hacía poco que me había espiado mientras me depilaba las ingles en el solarium. En ese momento no le di mucha importancia y lo despedí con un guiño sexy mientras cerraba las cortinas. En otra ocasión se le fueron las manos y me tocó todo lo que pudo mientras yo arreglaba el jardín. Aprovechó que puse el culo junto al seto y estiró todo su brazo hasta palparme mis partes. Salté del susto y también, todo hay que decirlo, por la excitación que me produjo aquella mano tan experta. Lo mandé a freir huevos y le recordé lo malo que es el Alzheimer. Él me respondió con un solitario... ¡Hola guapa!. Tenía que acabar con aquello.


Me sequé con la mullida toalla de rizo y luego me la puse como pareo. Le hice señas de que se dirigiera a la puerta del jardín. Allí lo hice entrar, le invité a un refresco y a conversar un poco sobre el desagradable acoso. Parecía que entraba en razón, cuando se levantó y comenzó a abrazarme efusivamente. También me besó y de su boca comenzarón a salir todo tipo de piropos y elogios. Finalmente se sacó la herramienta por la bragueta. El tamaño de su poya y sus dos descomunales cojones comenzaron a ponerme ¡loquita!. Aquel anciano Don Juan me venció con la insistencia de un joven amante. Acabamos hundidos en el sofá del solarium, totalmente abarratado de cojines. Mientras me sobaba yo iba pensando que aquella tranca era digna de una felación... (sigue más abajo).




















El vejete comenzó a tratarme como a una inocente adolescente salida. Me preguntaba si me tocaba y si tenía ya novio. Yo fingiendo completa inocencia le pregunte que para quería yo novio. Él se puso algo rojo de excitación, me dijo que para acompañarme, para contarse secretos y para besarse mucho. Me cogió con su enorme mano la poya y besó mis pezones con lascivia. Yo me quite la toalla y le dije que si el podía enseñarme otras cosas de las que hacían los novios. Aquel anciano estaba encendiendo mi lado femenino como antes nunca había sentido. De inmediato me dominó quedando yo boca arriba con las piernas en alto. Aguantandome de los tobillos bajo hasta quedarse a cuatro patas ante el sofá para comenzar a chuparme todo mi culo sin ninguna prisa. Entre dientes me dijo que estaba muy sabroso, que era un higo exquisito, que estaba tierno y dulce. Yo me retorcí de placer sintiendo como gotas calientes de salia bajaban a mis entrañas. Sus manos amasaba mis pantorrillas que le debieron parecer excitantes. Gruñó y su cara cambió a una mueca de cerdo salido. Yo tragué saliva ante lo que me iba a pasar. Por fín, se bajó totalmente el pantalón para utilizar aquella hermosa verga que parecía no corresponder a su arrugado cuerpo; Era tan suculenta que sentí miedo y deseo. Por fin tenía una verga a la vista, me dijo que debía tocársela y hasta comersela. Había estado soñando con aquello durante años y no me había atrevido a hacerlo, incluso ante la invitación de algún hermoso y jóven semental. Y ahora, ya tenía su glande en los labios, sus cojones sobre mi lengua y su falo dentro de mi garganta casi hasta el punto de vomitar. Que maravilloso sentirse una hembra puta aunque echaba de menos mis zapatos de tacón y algo de lencería. (sigue más abajo).


























































 



























El anciano totalmente berraco cogió una botella de aceite corporal que yo había dejado junto al sofá del solarium. Con la boca arrancó el tapón de plástico, tragando algo de crema. Soltó mi pierna izquierda y se embadurnó las manos llenas de surcos. Con aquel improvisado lubricante me untó cariñosamente mi arrugadito ano. Luego se puso sobre mi, mientras me besaba el cuello y la cara, y puso la verga en la entrada de mi culo. Al principio solo me la acariciaba con la punta preguntándome si me gustaba, a lo que contesté que si con cierta indiferencia femenina. En realidad me estaba encantando, poco a poco ponía más presión y empezaba a sentir una mezcla de dolor-gusto más intensa según iba cediendo el orificio. A veces se detenía un poco y seguía besándome el cuello a la vez que acariciaba mis pezones, eso mantenía mi excitación y el deseo de una inminente penetración. Me tenía totalmente dominado. Mi mundo era la punta de su poya. Así que cuando por fin me la metió toda y sentí el intenso dolor y la presión de su carne en mis adentros pedí una pausa para poder moverme y dominar yo la situación. De repente me pegó un bofetón, suave, para mostrarme quién mandaba. Luego se movió muy lentamente. Su verga palpitaba casi hasta el punto de correrse ante mi pasividad. Pero aguantó como un campeón.


Yo estaba tan excitada que se iba la pelota. Empecé a imaginar tonterías como una "choni" de instituto: ¿Experimentaba una auténtica atracción sexual hacia mi aquel anciano?, ¿podría después de aquello volver a sentirme como un hombre?, ¿me convertiría para siempre en una esclava de las poyas viejas?. Y aunque mi culo me dolía entero yo tenía un buen amante que sabía guiar la situación y cuando por fin notó que me había acostumbrado a tenerla adentro comenzó a moverse con mayor rapidez. Yo escuchaba sus gemidos y me mantenía quieta con el maquillaje totalmente corrido. Igual que una sumisa esposa. Él abuelo sodomita amasaba mi trasero mientras sus enormes huevos rebotaban rítmicamente contra el mimbre del sofá. Introduciendo una mano entre nuestros cuerpos acariciaba suavemente mis pezones. Yo cada vez me sentía mejor y dejaba volar la imaginación con los ojos cerrados. Pensar que me desfloraba la poya de un joven musculoso me produjo un auténtico orgasmo mental. Él paró para notar como yo temblaba de gusto. Abrí los ojos, jadeé como una adolescente y le pedí que no la sacara, que me galopara de nuevo. A los cinco minutos sentí otro orgasmo igual de intenso pero distinto del anterior. Aunque exactamente no podría explicar la diferencia ahora tenía los pezones duros como dos piñones. Parecían explotar. Nos habíamos corrido los dos a la vez. Él estaba pringado de mi leche y yo tovía notaba los cochorros calientes de la suya. Algo tocó con su mágica poya dentro de mi cuerpo que desconectó mi mente y me lanzó otra vez directo al orgasmo. Aquel anciano era un maestro del folleteo. Primero me había hecho volar en mis ocultas fantasías hasta el punto de correrme y luego había encontrado mi punto G para rematar la corrida. No quería ser su novia pero tampoco quería que andara muy lejos de mi urbanización. Para compensar su edad le pedí que la próxima vez trajera un nieto, aunque realmente no lo fuese. ¿Le gustará hacer un trio?.









































AYUDA, HELP!!

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