ZORRITAS UNIVERSITARIAS

Crossdressing Girls: nº1 en su clase y sin ánimo de lucro.


La verdad es que llevaba mucho tiempo con ganas de probar. Pero no fue hasta el primer año de enfermería, cuando cumplí 19, que me atreví a hacerlo. Fue un día que aprovechando que estaba solo en casa encontré unas bragas de blonda de mi madre y me las probé junto al uniforme que había cogido prestado a una compañera de facu. Me sentía genial, me encantaba y me excitaba al mismo tiempo. Al principio solo era la ropa interior y las cortas batas de estudiante, pero pronto empecé a vestirme totalmente de mujer, maquillándome y completando mi imagen con alguna peluca. A partir de ese momento mi armario empezó a engordar: tangas, medias, pantys, braguitas, sujetadores, ligueros, falditas, etc. que iba recopilando de las taquillas o del vestuario olvidado de mi madre.


Poco a poco, travestirme se convirtió en una costumbre, lo hacia casi todos los días cuando me quedaba solo (o mejor sola) en mi nueva casa de alquiler (pagado como no por mi madre). Tuve que dejar de cogerle la ropa a ella y a mis compañeras. Con paciencia fuí comprando la mia propia. Ya era demasiado arriesgado. Aprendí también a maquillarme a la moda, a andar con tacones y a imitar unos movimientos sexys y femeninos. Conseguí dilatarme el culete gradulamente con un gran consolador hasta abarcar lo que era el tamañano medio de una polla española (un plátano mediano de Canarias).  Estaba preparado, o preparada, para montar el negocio que había de pagarme los costosos estudios en aquella universidad privada (sigue abajo).





























No es que me gustaran los chicos, aunque algun tio mayor y musculoso si que me parecía más o menos "atractivo", pero ardía en deseos de ser follada como un chica, de ser penetrada, de comerme una polla y sobre todo de gozar del sexo como una hembra. Además de conseguir pingües beneficios por ello. Supongo que por esa misma curiosidad y avaricia, me llegué a enrrollar con un compañero enfermero gay con el que me inicié en los placeres del sexo anal. Pronto adquirí los conocimientos para dar y recibir como una amateur con experiencia. Y puse mis primeros anuncios en páginas de contactos, chats y foros de Internet para abrir mercado. Por aquella época me depilaba de forma regular y empecé a practicar cierto ejercicio con el fin de hacer mas femenino mi cuerpo. De esta forma, conseguí unas esbeltas piernas y un culo respingo, duro, terso, como el de una mujer. No me consideraba y considero gay pero logré transformarme en una auténtica mujer al trasvestirme. En esos momentos mi sexo era indefinido. Eso si, con un enorme y delicioso nabo juvenil. Mi compañero gay había comenzado a follandome con suaviadad y mimos pero rápidamente se dió cuenta que yo necesitaba más leña. Nuestras sesiones en los vestuarios cada vez eran más sádicas y retorcidas. Me acostumbré a la lluvia dorada y a otras guarradas que mejor no explico. Mis otros sucios estudios estaban por finalizar con sobresaliente. Antes que los de enfermera.



































Mi primer sueldo como travesti no fué gracias a que alguien respondiera a mis anuncios de internet, todo lo contrario, lo conseguí gracias a una fotografa colgada que buscaba modelos masculinos por la red para trasvestirlos y conseguir noseque beca de fotografía. Todo un rollo para al final ponerse caliente y que le tenía que salir muy caro. Vaya con la tía pija. A mi me daba igual, 120 euros por dos horas de pasarmelo bien. Solo le puse una condición: no tenía ni que reconocerme a mi mismo en aquellas fotos. Eso lo consiguió su amiga bollera, maquilladora y estilista de noseque revista de adolescentes horteras. Al final solo engatusó a dos modelos con su anuncio. El otro era un cubano aniñado que buscaba el morbo y la pasta tanto como yo.  Me sentía como una diva mientras nos fotografiaban en poses ridículas. Vestidos a la última, como dos rock stars al más puro estilo Rihana. El tema se tornó muy tórrido y acabamos dandonos por culo delante de las dos alucinadas artistas que, por su parte comenzaron a drogarse y a enrrollarse apasionadamente.  En fin, el culo hecho agua, 90 euros y 50 fotos en un pendrive. Y a casa.















Esto aceleró mi debut profesionalmente como chupapollas sin muchos miramientos. Fué en la parte trasera de un Audi negro con el primer cliente que picó por unas fotos del evento colgadas en internet. Comprendí que sin fotos cachondas nadie se calienta los suficiente para llamarte. También en alguna práctica universitaria le comí el culo y la polla a más de un paciente salido por el mundo del crossdresser. 100 euros por servicio. Mi kit de enfermera me acompañaba a todas partes y cualquier ocasión era buena para ganarme un nuevo cliente. Descubres muchas cosas de la gente mientras les pones un enema. Y yo estaba para ayudarles. Me especialicé en comer deliciosos ojetes a los que las esposas hacían ascos. No me importaba si se habían lavado con esmero o si el cliente era un tanto mayor. Llegó a gustarme demasiado el sabor y la anatomía masculina. Puro morbo nada más. Me extasiaba como me sobaban aquellas poderosas manos. Mi cuerpo no era mío, era el de alguna musa que de vez en cuando decidía arrastrarse por el barro.  Me tragaba toda la leche como si se tratara de un maná divino. Era la más guarra y valorada. Ya no me faltaba el dinero.






















Para contrarrestar tanta mariconería me hice novio de una de las enfermeras más guapas, altas y educadas del curso. Cómo la hacía gozar con todo aquel húmedo conocimiento que había recopilado en la parte trasera de un coche o sobre una manta estirada en un descampado. Lo aplicaba pero al contrario. La pervertí y la convertí en lo que era yo. Una guarrona sin manías. Creo que ella ya se olía lo de mi doble vida pero yo cumplía como un potro, no debía ninguna mensualidad de mis estudios o del piso y además nos podíamos permitir craprichos caros. Repetimos dos años por pasar un huevo de la carrera. Con el tiempo empezó a interesarse por otros hombres y, sobre todo, si les acompañaba sus respectivas parejas. Era su escusa para disfrazar un punto lesbianico que adquirió fantaseando con las compañeras más jóvenes del curso. Por puro aburrimiento nos acabamos convirtiendo en una pareja abierta y con tendencias bisexuales. Ya nada en el sexo nos parecía demasiado. Aún así, que años más increibles. Puede ser extraño, per nunca me travestía fuera del trabajo por puro miedo al rechazo. Estube a punto de hacerlo delante de ella en varias ocasiones. Por desgracia una vez me dijo que no aguanataría a un hombre así. Al final fué tal mi trauma por no poder practicar mi pequeño secreto con ella que acabamos rompiendo. Por suerte encontré a una mujer más comprensiva y un poco más mayor con la que compartí el final de mis estudios y varios años de mi vida hasta hoy. También acabo mi sucia y emocionante vida profesional como prostituta. Ya no lo necesitaba. A día de hoy dirijo una clínica de estética y voy más que servido con mi depravada mujercita. Es aún más guarra que yo y, por cierto, dueña del centro y fan del crossdressing. Puedes conseguir todo en esta vida, si lo deseas y lo vives con pasión.

Gracias a Lorena G. por el texto original que ha inspirado este mini relato.

AYUDA, HELP!!

1 comment:

Anonymous said...

se extrañanaban tus minirelatos!

besos